Klapaucius
¿Qué hay para hacer en un mundo como este, si no es hacerles un poco más difíciles las cosas a los hijos de puta?
Ctrl + Shift + C. Se te abre un recuadro. Escribís klapaucius. Enter. Verás un aumento en tu caja de ahorro. Hacelo otra vez: Ctrl + Shift + C. Ahora repetí la palabra klapaucius y agregá: ;!;!;!;!;!;!;!. Punto y coma, signo de admiración, todos los que quieras, intercalados. Ahí verás que el aumento de tus ahorros es exponencial. Podés hacer eso todas las veces que quieras. Tu casa será propia y espectacular. Te darás gustos lujosos. No te importará el fin de mes. Es más: no tendrás preocupaciones con el tiempo. La vida será una panacea, la felicidad que te transmite la tranquilidad, la estabilidad económica. Gozarás como un niño que tiene el futuro a merced.
Al menos hasta que escuches el auto de tu madre, la escuches estacionarlo en la cochera de la casa, la escuches bajar y cerrar la puerta, la escuches caminar hasta la puerta (el taconeo preciso de sus zapatos, una caminata con presencia), mientras vos cerrás el juego, apagás la computadora y te alejás, lo más rápido que puedas, de esa silla que te entretuvo por horas jugando a Los Sims; ella no quiere que usemos la computadora mientras está trabajando. Improvisás: te sentás en el living o te preparás una leche con nesquik en la cocina, y la saludás con un beso, una sonrisa, sin entender demasiado qué es eso de trabajar, cuánto cuesta llevar plata a un hogar, cuánto cuesta sostenerlo, con vos (y esa computadora) adentro.
Hablo de mi infancia pero, pensándolo un poco, tal vez también hable de Milei siendo especialista en crecimiento con o sin dinero: jugaba a Los Sims mientras hacía campaña, confundió simulación con realidad. Puede pasar.
“Los juncos enormes no te dejan ver. Empujás ramas con el cuerpo, la camisa seca. ¿Cuánto tiempo estuviste corriendo? Aplastás hojas hasta que algo se abre entre la oscuridad. Debe ser la naturaleza…”
Así empieza la novela de Eduardo Savino, Un pájaro cruza el cielo con un grito: hablándote a vos, en una ubicación incierta. Te describe, te da instrucciones, también te aconseja. Estás encerrado en un lugar desconocido. ¿Es real, es una simulación, qué carajos? Vos morís, o ese vos al que le habla la novela en algun momento muere: “¿Reiniciar desde el último checkpoint? Y/N”. Entonces volvés a empezar desde un lugar reciente, avanzás un poco más allá, hasta que la misión se cumple. Una escritura, y una lectura, en loop.
Esa primera parte es inquietante. Intuís que hay algo más pero no sabés qué esperar. Nadie te explicó que estás en un juego en el que tenés que sobrevivir. Ese vos al que instruye podés ser vos, el que lee. La simulación y la realidad, otra vez.
La segunda es un informe, una ficha técnica del juego mySIM, un documento privado que sale a luz por los hackers detrás de SIMleaks: Daliborka nos explica lo que dice el documento, el entramado político de fondo. Daliborka es parte de la resistencia infiltrada para denunciarlo y desarmarlo. Ahí explica el juego que es más que un juego: un proyecto que se proponía averiguar si se podía “simular situaciones humanas hipotéticas que ayudaran a prever el mejor curso de acción para esas mismas situaciones en la realidad”. Un videojuego desarrollado para intervenir en la sociedad, en su diagramación.
Simulación, IA, aprendizaje y geopolítica. Elon Musk, que entendió Los Sims mejor que Milei, no celebra haber encontrado la trampa para emitir fácil, sino que, como presidente de Estados Unidos logró adelantarse a China en la guerra tecnológica en el uso de la simulación. Con el desarrollo de mySIM, al parecer, lograron cambiar las voluntades de la población y de los congresistas en la aprobación de un paquete de leyes.
Después, las consecuencias de la infiltración: una guerra. Después, la poesía: la vida por la revolución. Las cinco partes que completan la novela tienen, en justa medida, el lenguaje preciso de los programadores y la poética de quien está encausado en una búsqueda colectiva. Como un capítulo de la primera temporada de Black Mirror, escrito con la fineza de un poeta.
Por trabajo, casi en paralelo a la novela de Savino, tuve que leer Cómo los videojuegos están cambiando el mundo, de la lituana Marijam Didžgalvytė. La propuesta es sencilla: la industria de los videojuegos está facturando más que la industria del cine y de la música juntas, y los únicos que la vieron fueron los espacios de la ultraderecha. No sólo es guita, es acceso a data, es organizar grupos, tejer redes. Es poder. La conocí a Marijam en la última FED y es una apasionada en esa discusión. Cada periodista que la entrevistó, cada persona que le preguntó algo en la charla, tocaba un nervio puntual que le activaba la defensa de los videojuegos desde los espacios de izquierda y progresistas.
Hay datos que me sorprendieron: “Sólo en 1999 el Pentágono gastó más de 150 millones de dólares en juegos o simulaciones de temática militar, e invirtió otros 70 millones de dólares en 2008 y aún más desde entonces en proyectos enfocados en su propia y particular agenda política”.
Otro: después del 11-S, el ejército de EEUU lanzó America’s Army, “un juego de disparos táctico por equipos basado en rondas con escenarios de combate realistas”. Es común que detrás de eventos y congresos de videojuegos estén organismos militares financiando.
Uno más: Steve Bannon, quien dirigió la campaña de Trump, fue uno de los que se alimentó de las subtramas de esta industria para juntar información que le sirviera a sus propios fines. En la novela, Bannon no aparece pero sí Elon Musk, sí esa industria que cruza el Estado con las ultraderechas y los objetivos de manipulación y aniquiliación de ese otro.
Que el cambio del mundo, aboga Marijam, sea para bien y con los videojuegos adentro. Queda claro que los videojuegos son un espacio de disputa en el que, por el momento, la ultraderecha maneja los hilos.
Tanto Marijam en su ensayo como Savino en la novela plantean líneas optimistas. O al menos de resistencia, con líneas que fugan hacia un horizonte más luminoso.
Lo incómodo de la novela es que sucede ahora: Musk es presidente desde 2024, hay notas al pie con links a infobae.com, hay una guerra entre Argentina y Chile. Es ficción pero podría ser real, o viceversa. El límite es fino. Savino se divierte en ese juego y a la vez produce esa incomodidad: porque sabemos que todo está raro. Que lo distópico está entre nosotros. Dicho de otro modo, sabemos que Black Mirror está bastante parecida a esta realidad.
Dice Denis Fernández en la contratapa: “…la realidad (esa metáfora detenida en el tiempo que usamos para adormecer nuestras fantasías) queda pulverizada a través de una herramienta literaria que convierte a la ficción en un efectivo método de insubordinación”.
Un pájaro cruza el cielo con un grito es una forma de decir que desde adentro nos podemos mover. Lo piensa uno de sus personajes:
¿Qué más, si no? ¿Qué hay para hacer en un mundo como este, si no es hacerles un poco más difíciles las cosas a los hijos de puta?
* * *
Hay otro libro con el que constela (?) la novela de Savino: Ciencia ficción capitalista. Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo, de Michel Nieva. Son seis artículos que nos cuentan la relación histórica entre la literatura de ciencia ficción y los avances científicos-tecnológicos, y analiza el rol que están ocupando en la actualidad tipos como Elon Musk y su SpaceX, Zuckerberg y toda esa tropa de hombres blancos de Sillicon Valley. Los desarrollos y las megainversiones que hay en torno no sólo a la “conquista” en otros planetas sino también a la búsqueda de la inmortalidad o a la modificación climática.
“Estos magnates”, dice Nieva, “nos recuerdan que, apenas un siglo después de que Jules Verne concibiera su literatura como un momento fugitivo de la letra al acero, y tan solo cincuenta años más tarde de que Hugo Gernsback instara a los empresarios a leer ciencia ficción para innovar en sus negocios, esa exhortación se hacía a través de ellos y de sus corporaciones realidad. Era el nacimiento definitivo de la ciencia ficción capitalista”.
Savino lo hace invertir a Musk en mySIM y lo hace en este mundo, en este presente, en el mismo que Musk mandó, por si los extraterrestres lo encontraban, un cohete con una copia 5D grabada en un cristal de memoria la novela Fundación, de Asimov, que trata, justamente, de un héroe filantrópico que al ver caer su imperio (o su planeta Tierra) decide ir a fundar imperios intergalácticos por ahí. Simulación y realidad, vaya uno a saber en qué plano estamos nosotros.
Si bien en la librería que trabajé d.O. (después de Ocio) había una mesa que intentaba separar la ciencia ficción (junto a la fantasía, a lo fantástico, a lo raro también), es un género que ya cumple con aquello que Martín Felipe Castagnet recupera en (ese libro nostálgico y arquelógico y biográfico y fundamental para el género) Minotauro. Una odisea de Paco Porrúa, cuando cita a Porrúa en 1971 diciendo que —la cienciá ficción— “evolucionará hasta integrarse en aquella corriente principal de la literatura”.
Como todo tiene que ver con todo, Castagnet, hablando sobre la etiqueta de la ciencia ficción que separa (o separaba) al género del resto de la literatura, también cita a Denis Fernández, autor, editor de Marciana y responsable de la contratapa de Un pájaro…, diciendo:
Comprendo que sí, que hay una camada de autores que están haciendo ciencia ficción sin ciencia ficción, ya no a base de naves espaciales y vida en el espacio, sino con el ojo puesto en la naturalización de estigmas existenciales: genética aplicada a la ciencia, clonación, desastres naturales, espíritus, suplantación de identidad, extraterrestres con formas binarias, traslación de almas en otros cuerpos, chamanismo. Una nueva identidad estética de lo sci-fi.
Es cierto. Hoy las distopías, las catástrofes, los problemas del mundo actual llevados al extremo ficcional están repartidos en distintas mesas libreras. De El Eternauta (la serie la actualizó, ey) a La carretera, de Los cuerpos del verano del propio Castagnet a alguna de Han Kang, de Miles de ojos de Barrientos a La infancia del mundo de Nieva o Plop de Rafael Pinedo (¿Leyeron Plop? Por favor, confíen: lean Plop), se reparten por doquier. El catálogo de ficción de Caja Negra o el de Marciana, la proliferación mainstream de la “literatura extraña” o new weird, o títulos como la divertida novela Palermo dead, pueden estar en literatura argentina o universal al lado del último Nobel o de alguna de Aira.
La proliferación, digámosle así, da cuenta de esa nueva identidad estética de la histórica ciencia ficción. Y a su vez, hablan de un presente estallado y astillado, roto, en medio de una crisis transversal de la que no pareciera haber salida. En palabras de Nieva, “asistimos a una era en la que el capitalismo enmienda el escepticismo de su catastrófico funcionamiento mediante estéticas y utopías futuristas”.
La novela de Eduardo Savino no se propone dar vuelta todo. Se propone resistir. Se propone hacerles la vida más difícil a estos hijos de puta. Se propone buscar las grietas, estar del lado correcto de la historia, salir de la simulación histórica.
Un pájaro… podría estar en varias mesas. Dice, otra vez, Denis: “Un pájaro… es, si así lo desea el lector, un poema en prosa desbordantemente elegante”. El título lleva poesía, también se le nota la mano: El sol brilla sobre el río y forma hilos de perlas que se mueven siempre en el mismo lugar; Es verano y los nenes juegan solos, algunos vigilados de lejos por sus padres, otros abandonados, cruzándose entre sí como planetas arrojados al caos; Hay gente que necesita hacer un esfuerzo para ser optimista. amikOh lo necesita para preocuparse: a veces se olvida de hacerlo.
Un pájaro cruza el cielo con un grito puede ir en cualquier mesa de librería: digamos en la de poesía, si existe también en la de ciencia ficción, claro que en la de literatura argentina. También puede venderse entre videojuegos o entre pantallas o simuladores. Savino rompe el algoritmo. Lo hace con suavidad en una novela inteligente que te pone en un espejo con la época.
Lo editó Hexágono, una editorial de la que hablamos en alguna edición primera de esta Ceremonia, hacen libros que entran en un bolsillo pero no pasan desapercibidos. Y, aunque ahora perdimos referencia de precios, con seguridad no hace falta usar klapaucius para sumarlos a la mesa de luz.
Llegamos, amigos, ahora hay proyectos que bancan La Ceremonia al contado:
Cosas y links:
En la última Ceremonia mencioné el libro de Patti Smith, Éramos unos niños, que rememora la vida previa hasta que edita su primer disco, Horses. Justo se reeditó ahora, a sus 50 años, y el entre otras cosas librero en Otras orillas, Cristian De Nápoli escribió este artículo sobre todo eso para Revista Bache.
“A partir de un tema del que no suele hablarse, este ensayo propone treinta y cinco situaciones, aproximaciones, testimonios, pretextos, variaciones e inquisiciones sobre la historia de las clases altas en la literatura nacional”, presentan esta serie de notas de Alfredo Grieco y Bavio sobre “El tabú de la clase alta en la literatura argentina”.
Golosina Caníbal revitalizó su blog al cumplir sus primeros 20 años y compartió este artículo con las vidas paralelas entre Sara Gallardo y Héctor Murena, que fueron pareja y construyeron buena parte de sus respectivas obras estando juntos.
Seguro que ya conocen el podcast Grandes infelices. Hecho desde España por la editorial Blackie Books, es un gran laburo de edición e investigación con pequeñas biografías de una hora. El último que subieron es de Jorge Luis Borges y, más allá de referirse a Rosas como “el tirano” y cosas así, vale la pena.
Y este no es el último que hizo, pero es el que Demasiados libros le dedicó a Minotauro, el libro de Martín Felipe Castagnet. Recomendamos: es por acá.
Bueno, en fin, ahora sí: hermosa mañana, ¿verdad?
Gracias por compartir, comentar y/o leer en silencio.
Nos vemos en breve.







