Aquí no pasa nada que puramente todo
Un poco de esto y aquello, y bastante más de Una nube viene, de Manuel Álvarez, editado por Marciana.
Hace unos días celebramos un cumpleaños, los 72 de Charly García. Nosotros le dedicamos un rato en este post citando datos random de su trayectoria musical. Uno, Clics Modernos fue “el primer disco democrático”, editado entre las elecciones del 30 de octubre y el 10 de diciembre de 1983. Ahí, en Plateado sobre plateado (Huellas en el mar), canta: “¿por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?”. Los 40 años de democracia empezaron con una pregunta que todavía resuena.
Pero no queremos entrar ahí. Hoy, el (siempre gran) newsletter sobre arte de Malena Rey en Cenital, empieza compartiendo la sensación generada por lo que fue (y, supongo, lo que viene siendo desde antes) esta semana pos electoral. “Bastante empachada”, dice. “Abrumada por la cantidad de información”, dice. Estamos iguales. La intensidad con la que vivimos las cosas en este hermoso país es algo que enorgullece tanto como agobia. Por lo que intentaremos pasear por esta Ceremonia con tranquilidad, que esta vez sea un remanso.
Bienvenidos, bienvenidas, bienvenides.
El domingo pasado, a la mañana, me tiré en el patio de lo de mi viejo a leer las últimas páginas de Una nube viene, la nueva novela de Manuel Álvarez, editada por Marciana. En el cielo, disculpen la tontera, varias nubes venían. Y yo, ya abrumado y empachado de coyuntura, deseaba que no fuera un presagio de lo que sabríamos esa misma noche. Como no soy cabulero ni nada que se le parezca, la disfruté igual hasta el último punto.
Antes de comenzar a leerla, hay algunas pistas que orientan por dónde irá. Una, la contratapa escrita por Hernán Ronsino. No sólo por lo que dice (habla del mecanismo de relojería de MA para trabajar con “la famosa tesis de Piglia, esa que oculta una historia mientras te cuenta otra”; habla, entonces, de las dos historias, de los dos tiempos, de la frontera, de los dos personajes; dice que cuando las piezas comienzan a encajar, “es allí cuando se descubre que todo el tiempo la narración nos susurra algo”), sino también porque hay en la escritura de Manuel Álvarez un modo, un estilo, que se emparenta —en las pausas, en la puntuación, en la distancia entre el narrador y lo que cuenta, en la forma de trabajar con el tiempo, en el simple hecho de contar una historia fuera del algoritmo— con el autor de Una música. Otras pistas son, claro, las frases elegidas como epígrafes, en especial la de Juan José Saer: “Una nube viene hermana a oscurecer la mañana”. El título, por supuesto, pero también la ratificación de lo que intuímos con Ronsino: el linaje de la escritura que nos manejará la historia por venir. O, mejor, las historias.
Una más, que más que pista es una yapa, se cifra en la primera dedicatoria: “A Tata, mi abuelo, que dejó sus historias, como esta, escritas en la memoria de los que lo quisieron”. Eso está apenas profundizado acá. A veces los escritores son como mediums, tal vez por eso esta novela pudo haber sido escrita hace diez o quince años, o en el futuro.
Abramos el libro. Una de las historias está situada en Chillán, el pueblo chileno, en los días previos al terremoto de enero de 1939. Y la otra, en Las Cuevas, el pueblo mendocino sobre la Cordillera, en los días previos al gran alud de agosto de 1965.
En la primera, la de los capítulos impares, el protagonista es Jorge Fuenzalida, un médico con prestigio ganado desde el hospital de Chillán, casado con Inés y con una hija, Amanda. La madre de Fuenzalida, una mujer que podría ser amiga de Micky Vainilla, vive en Santiago sin entender porqué su hijo decide vivir en un pueblo con una mujer de pueblo, siendo que tiene todo para ser un médico en la gran ciudad. Pero Fuenzalida no coincide con su madre ideológicamente y además está bien, cómodo en la ciudad y en el Hospital, donde trabaja con Otto, un anestesista con una historia de exilio alemán, con especial dedicación a los químicos en los que labura en su casa. Inesita, como le dicen todos, empieza a generarle dudas sobre su fidelidad y eso, en palabras de hoy, lo vuelve un tóxico. En la combinación de estos personajes y alguno más, y de esos elementos, se trama la historia hasta que la tierra decide temblar y ahí cambia, todo cambia.
En la otra historia, la de los capítulos pares, el protagonista es Alfredo Zinder, un tipo de 64 años que hacía 12 regenteaba una hostería en Las Cuevas, que Eva Perón había soñado para que sea como “un pueblo suizo”, a la altura de ser el último antes de pasar a Chile. Era un tipo reconocido en todo el pueblo, estaba casado con Graciela y tenía un hijo, Alfredito. Los personajes que acompañan acá, son varios. Los ferroviarios con los que juega al truco por whisky (estos capítulos, con discusión política mediante —“Para mí los socialistas huelen un poco a agua bendita”, le dice Zinder al Rengo— en plena proscripción peronista, dan ganas de tener un mazo de cartas cerca); el dueño de la hostería, González, que la nieve termina por obligarlo a quedarse en el pueblo; Bruder, un médico misterioso, que llega con González, quien también lleva a su hija, Lola, amada por Zinder y amiga de Alfredito. A medida que esta historia avanza, una nube viene, así, en presente, la sentís encima todo el tiempo.
La pregunta que va surgiendo a medida que avanzamos es en qué momento, en qué punto se cruzan estas dos historias, cuál es el hilo que las une. En realidad, antes, la pregunta es si llegarán a cruzarse. Dos tiempos distintos, alejados temporalmente, una Cordillera mediante, personajes distintos, ¿cómo va a hacer, lo hará?. Aquel “mecanismo de relojería” maneja, crea su propio tiempo a lo largo de las 260 páginas. Manuel Álvarez acelera, frena, pone pausas y el punto final de cada capítulo en donde tiene que estar para pasar de página. Un capítulo puede durar media partida de truco o la primera parte de una cena. Un puñado de días de cada historia fragmentada de forma tal que el tiempo pareciera “que aquí no pasa nada que puramente todo”, como cita (y luego parafrasea) a Nicanor Parra en otro epígrafe.
Recomendamos ir por él por acá.
Un mate y un surtido de links no se le niega a nadie:
Recomendamos esta entrevista de Marcelo Cohen a Ítalo Calvino: “En la fantasía tiene que haber rigor”. Salió en El Diletante, con esta aclaración: “Conmemorando el centenario del nacimiento de Italo Calvino, El diletante recupera, con permiso del autor, una entrevista inhallable que Marcelo Cohen –en 1980, para la revista catalana El viejo topo– le hiciera al escritor de Las ciudades invisibles.”
Un poco más de coyuntura, pero también más que eso: en este pequeño artículo, Esteban Rodríguez Alzueta, escribe sobre Implosión. Apuntes sobre la cuestión social en la precariedad, el nuevo libro de Leandro Barttolotta e Ignacio Gago, integrantes del Colectivo Juguetes Perdidos. Cuando decimos o escuchamos decir que, en el fondo y no tanto, “está todo roto”, pareciéramos estar hablando o escuchando sobre lo que aborda este librito editado por Tinta Limón. De paso, acá se consigue.
“Si Cristo se rodeó de prostitutas, ladrones y violentos para revestirlos de la dignidad sagrada que nadie les otorgaba, bien merecen ellos —parece decirnos Genet casi dos mil años después de aquella primera camada de cristianos— ser objeto de una segunda revelación, ya no como tragedia pero tampoco como farsa”, escriben en esta reseña Notre-Dame-des-Fleurs, de Jean Genet, editado por la siempre confiable El Cuenco de Plata. Y ya que estamos, acá lo dejamos.
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